YO
LO VIVI por Mary Romero
El 1ro. de abril del año 1993, murió
Don Juan de Borbón, Conde de Barcelona, padre del Rey Juan Carlos, padre, hijo
y nieto de reyes. Fue enterrado en el
panteón de los reyes del Monasterio de El Escorial en Madrid, con honores del
rey de España, poseedor de varios títulos debido a la dinastía que descendía. Yo fui testigo de ese funeral, ya que en esos
días estábamos con mi esposo paseando por España y por las calles, los
municipios, y las ciudades, en todo lugar de lo único que se hablaba era de la
muerte del padre del rey. Las señales
de televisión transmitían en vivo y en directo para que toda la nación pudiera
presenciar el entierro del Conde de Barcelona, fue enterrado con el más alto
honor humano que un país le puede brindar a una persona, y yo pensaba: ¿Qué
habrá sido de su alma? ¿Habría recibido al Señor Jesús como su Salvador? acepto
que Jesucristo perdone sus pecados, o tal vez su status o la nobleza a la cual pertenecía
no se lo habían permitido. No lo se…. Pero algo se positivamente y lo puedo
afirmar sobre otra persona que también paso a la eternidad, las circunstancias
fueron muy distintas a la anterior. También en esta oportunidad yo fui testigo.
El 31 de agosto del año 1977, en
Malaver, Pcia. De Bs. As, en una modesta casa se encontraba un anciano en las
ultimas horas de su vida, una cruel enfermedad había deteriorado su cuerpo, a
tal grado que parte de el fue amputado, sus seres queridos se daban cuenta que
estaba cerca su partida.
Estaba próxima la medianoche de ese
dia cuando su hija que estaba a su lado tomando su mano, ve que su rostro se
ilumina, refleja un gozo muy grande, una paz inunda su ser y le dice ¡Mira todo
este lugar esta lleno de ángeles! El los veía, su Señor los había enviado para
llevarlo a su lado y así con esa sonrisa en su rostro paso a estar en los
brazos de Jesús, los ángeles lo escoltaron hasta su entrada al cielo. Ya no más
sufrimiento. Ya no más dolor. ¡Descansaba!
Estas son dos historias que viví bien
de cerca, no se si al conde de Barcelona lo volveré a ver, pero al otro anciano
de humilde condición, sin riquezas económicas, si lo veré…siempre que yo
permanezca fiel al Señor Jesús.
El nombre del anciano era
Miguel Ramacieri, mi querido abuelo.

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